El señalamiento, modvs contemporanivs de
sujeción manipulativa.
Algunas
personas, un número robusto quizá, abrumadas con el pueril influjo de los
devaneos incesantes, verían con "buenos ojos" que el mundo se
simplificara un poco. Demasiados lenguajes parecen estar aglutinados en un
diálogo de sordos, una orgía de voces y voluntades cautivas en una inmediatez
atemporal. A veces se nos olvida que la premisa de ir más lejos de lo que nunca
un ser humano ha ido implica el reconocimiento de lo desconocido a través de
mecanismos susceptibles de encontrarse por fuera del estado del arte. Sin
embargo hay que aceptar que se trata de un fenómeno intimidante para cualquier
orgulloso representante del status quo, asimilar un montón de información que,
a lo mejor [lo más seguro], desmiente o desvirtúa lo que alguien en esa
posición, tal vez, se encuentra dispuesto a creer que conoce.
El
conocimiento siempre ha sido nuestro talón de Aquiles, pues somos poseedores,
como especie, o eso nos han dicho, de una curiosidad o de un aliento de
curiosidad que persuade con su desvergonzada autopromoción, como si se tratara
de una cualidad infinita que nos enlaza y nos desmigaja en los perennes
acantilados de una soledad cósmica, cada vez más grande, ante la fosforescencia
de los descubrimientos. Insospechadamente ignoramos que somos lo que
desconocemos y no al contrario; nuestra identidad de exploradores ha quedado
cautiva por las herramientas empleadas para satisfacerla. Ese auto-estímulo lo
adoptamos quizá por el abuso indiscriminado al que nos acostumbramos someter a “nuestro
mundo”, cautivo de nuestra presencia, por el momento, ya que al parecer hay
buenas razones para inferir que el idilio no durará mucho, a lo sumo unas
cuantas generaciones, antes de entender que la cosa funciona más bien al
contrario, y todavía un poco más, sin que nuestras ideas sobre lo que es el
mundo parezcan tener suficiente relevancia como para resistir el repliegue de
una simplificación al estilo, digamos, de las matemáticas.
El
conocimiento nos ha conducido a la interpretación de lo abstracto, inmensual empeño del inconsciente, el
culto al conocimiento nos ha conducido a la magnificencia de lo abstracto, pero
es la apariencia del conocimiento lo que desdibuja la configuración del
pensamiento abstracto, lo que permite apreciar aquello que podría llamarse: El
empoderamiento de la banalidad, es decir, de una minuciosa insignificancia. No
quiero exponer que debamos apelar a los linderos de la trascendentalidad, puesto que actualmente ello se interpreta como
una deformación del intelecto, como una indelicadeza propia de las rutinas de la
ignorancia, como una inflación arrolladora de conceptos amañados y nociones
autocomplacientes.
Pero sí
podemos apelar a otros linderos, digamos linderos de sangre, y no me refiero a
la masacre de décadas que tiñe el accionar de nuestras voluntades, sino al
inescrupuloso continente interno de significado y lenguaje que nos define y
determina, que marca nuestros rumbos la mayoría de las veces, que dicta las
iniciativas más impredecibles, y es allí, en esos tópicos tan espinudos donde
quiero internarme con el propósito de especular una impronta de opinión, un
germen de ideas universales, que mi buen amigo Efraín
Ávila Díaz me confió hace unas lunas y en cuyo acopio imagino que habrá
invertido al menos un par de décadas, como casi todo lo que llevamos a la
dimensión de la palabra, digamos en después de haber atravesado las interminables selvas
contemporáneas de información, sin otro equipo de supervivencia que una filosa autodidactia, y que quizá se ponga un
poco azul en presencia de los impositores de razonamientos aficionados y los
especuladores de la escueta mediocridad. Empecemos pues.


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