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martes, 14 de abril de 2015

Vive la revolución


El señalamiento, modvs contemporanivs de sujeción manipulativa.














Algunas personas, un número robusto quizá, abrumadas con el pueril influjo de los devaneos incesantes, verían con "buenos ojos" que el mundo se simplificara un poco. Demasiados lenguajes parecen estar aglutinados en un diálogo de sordos, una orgía de voces y voluntades cautivas en una inmediatez atemporal. A veces se nos olvida que la premisa de ir más lejos de lo que nunca un ser humano ha ido implica el reconocimiento de lo desconocido a través de mecanismos susceptibles de encontrarse por fuera del estado del arte. Sin embargo hay que aceptar que se trata de un fenómeno intimidante para cualquier orgulloso representante del status quo, asimilar un montón de información que, a lo mejor [lo más seguro], desmiente o desvirtúa lo que alguien en esa posición, tal vez, se encuentra dispuesto a creer que conoce.

El conocimiento siempre ha sido nuestro talón de Aquiles, pues somos poseedores, como especie, o eso nos han dicho, de una curiosidad o de un aliento de curiosidad que persuade con su desvergonzada autopromoción, como si se tratara de una cualidad infinita que nos enlaza y nos desmigaja en los perennes acantilados de una soledad cósmica, cada vez más grande, ante la fosforescencia de los descubrimientos. Insospechadamente ignoramos que somos lo que desconocemos y no al contrario; nuestra identidad de exploradores ha quedado cautiva por las herramientas empleadas para satisfacerla. Ese auto-estímulo lo adoptamos quizá por el abuso indiscriminado al que nos acostumbramos someter a “nuestro mundo”, cautivo de nuestra presencia, por el momento, ya que al parecer hay buenas razones para inferir que el idilio no durará mucho, a lo sumo unas cuantas generaciones, antes de entender que la cosa funciona más bien al contrario, y todavía un poco más, sin que nuestras ideas sobre lo que es el mundo parezcan tener suficiente relevancia como para resistir el repliegue de una simplificación al estilo, digamos, de las matemáticas.

El conocimiento nos ha conducido a la interpretación de lo abstracto, inmensual empeño del inconsciente, el culto al conocimiento nos ha conducido a la magnificencia de lo abstracto, pero es la apariencia del conocimiento lo que desdibuja la configuración del pensamiento abstracto, lo que permite apreciar aquello que podría llamarse: El empoderamiento de la banalidad, es decir, de una minuciosa insignificancia. No quiero exponer que debamos apelar a los linderos de la trascendentalidad, puesto que actualmente ello se interpreta como una deformación del intelecto, como una indelicadeza propia de las rutinas de la ignorancia, como una inflación arrolladora de conceptos amañados y nociones autocomplacientes.

Pero sí podemos apelar a otros linderos, digamos linderos de sangre, y no me refiero a la masacre de décadas que tiñe el accionar de nuestras voluntades, sino al inescrupuloso continente interno de significado y lenguaje que nos define y determina, que marca nuestros rumbos la mayoría de las veces, que dicta las iniciativas más impredecibles, y es allí, en esos tópicos tan espinudos donde quiero internarme con el propósito de especular una impronta de opinión, un germen de ideas universales, que mi buen amigo Efraín Ávila Díaz me confió hace unas lunas y en cuyo acopio imagino que habrá invertido al menos un par de décadas, como casi todo lo que llevamos a la dimensión de la palabra, digamos en después de haber atravesado las interminables selvas contemporáneas de información, sin otro equipo de supervivencia que una filosa autodidactia, y que quizá se ponga un poco azul en presencia de los impositores de razonamientos aficionados y los especuladores de la escueta mediocridad. Empecemos pues.

lunes, 19 de noviembre de 2012

COSMOS, Un Viaje Personal



CÓSMOS Un Viaje Personal






Primero siento que mi deber es impregnar un poco este contenido, o sus sucesivos soportes, con cierto temor y desconfianza manifestada por mí, con respecto a la máquina con la cual trabajo. Cada carácter se traduce en un titilante franjazo de la pantalla, lo cual yo supongo que es normal siempre y cuando no sea visible, de esa manera que a mí me parece un poco más que sensacionalista. Se me ocurre pensar que computadores con una característica similar inundarán en breve los corredores y despachos de los centros noticiosos y reporterales.
Carl Sagan